Misión polaca
cumplida.
Mi viaje de 3500km
hacia las tierras norteñas ha aclarado los nubarrones de
incertidumbre pantanosa en la que estaba mi vida. Todos sabemos que
de las cenizas renace la vida con más fuerza, teniendo esta su ritmo
que hay que respetar.
Nada más despedirme de
la familia polaca sonaba una voz en mi interior, más bien un grito,
que decía “vete para para casa, vete para casa” y eso hice. Con
la mirada fija, las manos en el volante mi misión era, otra vez,
hacer km. Esto no es nada fácil en las carreteras polacas porque los
nombres de los pueblos como Bydgoszcz no son nada fáciles de
recordar para una memoria maltratada y acostumbrada a Villanueva del
Monte. Un copiloto espabilado era fundamental para esta misión.
Km y km por Alemania
disfrutando de sus impresionantes autopista gratis, de sus áreas de
descanso muy bien acondicionadas, llegando a hacer 1200km en un día,
muchas horas mirando a los coches como te pasan como balas.
Al llegar a Francia,
nada más cruzar el río Rin, decidí que ya estaba bien de km ese
día y paré una una estación de servicio a dormir sin saber lo que
me iba a pasar a la mañana siguiente. Al despertar y ponerme a
desayunar me empezó a molestar la espalda por la zona de los
riñones, pensé “normal, te has pegado un palizón y tu cuerpo se
resiente” pero la cosa no se quedó en una simple molestia, el
dolor fue aumentando hasta un límite que yo no conocía. Ante esto,
en en el extranjero, sin medios para paliar el dolor me fui a la
gasolinera para pedir la primera ambulancia de mi vida. La
ambulancia me resultó familiar porque tiene las mismas dimensiones
que mi furgo salvando las diferencias en la decoración. Hospital,
calmante y a la calle por no querer hacerme una radiografía y
ponerme una vía intravenosa, con el diagnóstico de cólico
nefrítico. Yo quería irme para casa y no estar hospitalizado y eso
hice.
Al recuperar mi furgo
en la gasolinera aparecieron los personajes del viaje. Dos chicos
alemanes, uno de 1,96m y otro de 1,60m que probaron suerte con el
renqueante españolito para ver si les podía llevar a Lyon, todo
esto en un inglés muy básico que nos permitió comunicarnos. Una
vez dentro, con mis dos copilotos instalados, fui viendo que tipo
personas llevaba en mi casa. Al saber que iban a Portugal les dije
“Chicos tenéis mucha suerte os acercaré hasta Barcelona “ los
ojos se les pusieron más grandes que a Candy Candy de alegría.
Km, km y más km
cruzando Francia, sin rastro de dolor, improvisando la ruta en
función de las necesidades. Al llegar cerca de Barcelona sopesaron
que una gran cuidad turística no entraba en sus planes, por lo que
continuamos esta vez por la carreteras interiores de Aragón,
dirección Madrid para ir a la clínica para ponerme en tratamiento.
Íbamos recorriendo las carreteras solitarias de Teruel cuando,
empezó a molestarme el riñón lo que puso en alerta mi atención y
me fijó en la mente “tienes que llegar a un pueblo grande”. Al
aparcar en Alcañiz, en otra gasolinera me dio otro dolor de los
malos. Doblado de dolor, deje a mis copilotos y me fui buscando otro
hospital, esta vez en mi ambulancia. Ellos no sabían mi nombre, solo
que me llamaba coco, y en el hospital no le pudieron decir nada. La
lógica nos volvió a reunir y nos fuimos a cenar a un estanque muy
bonito cerca del pueblo.
El viaje por Teruel fue
muy bonito, con pueblos de piedra, extensos campos dorados y cultura
popular a borbotones. Me puse en la piel de mis dos viajeros y pensé
en Dustin (compañero de viaje de ida) y en la suerte de conocer la
España interior, donde pocos extranjeros llegan a visitarla.
Finalmente decidieron terminar el viaje comunal a 60km de Madrid, con
la experiencia de haber compartido tres días de viaje en perfecta
armonía. Les estaré eternamente agradecido por estar en momentos de
dolor y por todo lo que me han enseñado.
Espero aprender de los
errores, aprender de toda persona con la que coincida en mi vida y
seguir aprendiendo para que el cerebro esté en continuo desarrollo.
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