sábado, 22 de agosto de 2015

GEORGIA 16 de agosto 2015: ¡Viva la intuición!


16 de agosto 2015 ¡Viva la intuición!
Km día: 62,31 km
Tiempo día: 5h 18m
Velocidad media: 11,75 km/h
Velocidad máxima: 33,75 km/h
Recorrido: parto de Borjomi, hacia el sureste, por la carretera nº 20, hacia Bakuriani.
Continuo por esa carretera, tomando a la izquierda una camino que me llevará al lago Tabastskuri como punto final.
Me levanto con la intención de salir de esta cuidad superturística y preparada para gastar dinero. Justo cuando estoy cerrando las alforjas, me da una bajonazo de energía, y decido aplazar la salida para el día siguiente. En ese momento me acordé de la norma 6+1 (6 de bici, 1 de descanso), la estaba incumpliendo. Fui a hablar con la regenta del hostal para pedir una ampliación de contrato y me dio una muy mala noticia, ¡no había disponibilidad de habitaciones al precio de 50 geles!, lo que había eran habitaciones más grandes y caras. Con la “cara partía” me volví a la habitación para terminar de cerrar las alforjas y volver a la carretera. Antes de partir y por lo pudiera pasar, me fui a comprar víveres, porque no sabía donde me iba a meter.

Sentarme encima del sillín, este día fue la peor decisión de mi vida. Por delante tenía 27km de una carretera en buen estado (menos mal), pero lo que no estaba en buen estado era mi mente. Mucho calor y un puerto de montaña interminable, que discurría paralelo a un trenecito, el Electicity, que llevaba a la gente desde Borjomi a Bakuriani “¿porqué no habré cogido el tren?” me preguntaba mientras subía:
-1ª el tren había salido a las 10 de la mañana y lo había perdido.
-2º el orgullo no me permitía hacer tramos en otro medio que no fuese la bici.
Si no es estrictamente necesario, no me bajo de la bici para hacer un tramo del viaje. Ese concepto lo tengo muy claro. Si no es posible hacer lo que quiero en bici, doy un rodeo o busco la forma de no bajarme.
Con más mala cara que un chino con fatiga (ganas de vomitar en Cádiz) llego a duras
penas a la cuidad de Bakurani. Otra cuidad repleta de turistas, coches, calor, pitos,...lo que no me apetecía para nada. En mi mente rondaba “¿me habré equivocado en la decisión de tirar por aquí?” “¿debería seguir a mi intuición y continuar?”. Todas estas dudas, la mejor forma de aclararlas fue tomando una buena siesta reparadora. Para que llegara el sueño, me compré un par de panes rellenos de queso, una pepsicola y me las zampé a la sobra, en un parque tranquilo. Cuando me llegó el sopor, reposé mis huesos en el suelo arropado por la bici y las alforjas para sentirme como el sofá de mi casa.
Fueron pocos minutos pero suficientes para descansar y volver a la bici. Milagrosamente tenía mucho vigor y ganas de pedalear, así que tomé el camino que me llevaba al lago, ¡la decisión estaba tomada!. Nada más empezar el camino llegaron mis amigas las piedras, hace tiempo que tengo una relación muy cordial con ellas, particularmente mi culo se alegra mucho de volver a sentirlas. El camino comenzó a ponerse difícil, por las maravillosas piedras y la pendiente, además se me había olvidado cargar agua y las fuentes que aparecían en el camino estaban secas. En ese momento pensé “si las de abajo están secas, las de arriba ni te cuento”. ¡Bueno!, tiré sudando como un pollo, con la mente puesta en una fresca y abundante fuente. El camino cada vez se ponía más duro y complicado, además el día amenazaba agua, las nubes cada vez más bajas estaban formando niebla y empezaba a hacer frío. Por suerte apareció ante mi una fuente de agua muy rica que me reconfortó y me dio la fuerza necesaria para continuar pedaleando en una niebla que paso a ser espesa y fría. Los coches con los que me cruzaba llevaba las luces puestas y no los veía hasta que estaba prácticamente encima mía. ¡que días más duro!, no me esperaba estar en semejante situación, empezaba a estar un poco preocupado por las condiciones meteorológicas, perdido en medio de la nada.
Una vez coronado el puerto, veo dos luces de coche que me apuntaban en la niebla directamente a los ojos. De la espesura blanquecina aparece un militar pertrechado con una metralleta en las manos dándome el alto y pidiéndome el pasaporte. Le pedí amablemente,antes de identificarme, resguardarme del viento y el frío detrás de la caseta de control y mientras comprobaban mi identidad me puse ropa de abrigo para no quedarme en el sitio. Pasé el control sin problemas y comencé a bajar entre la niebla espesa y los coches que subían a toda pastilla. Fue un descenso complicado, lleno de baches y torrenteras que
puso mi atención al 100%. A medida que bajaba la niebla se fue disipando y apareció ante mi un cielo azul sobre una pradera verde, de hierba corta. El camino se retorcía para ir bajando por la ladera de la montaña, dejando a los costado pastos para el ganado y rebaños de ovejas y vacas pastoreados por gente del lugar. Este ambiente bucólico en el que me encontraba, fue destrozado por tres impresionantes perros, mezcla entre mastín y caballo, que ladrando como si hubieran visto a un oso, corrían hacia mi. Al alcanzarme me rodearon con sus impresionantes zarpas, sentiendo sus alientos detrás de mi nuca, sus fauces, llenas de afilados dientes, las veía de reojo al no poder perder de vista el complicado camino para no caerme y ser devorado, en ese momento comencé a gritar con todas mis fuerzas para ahuyentarlos, los puse de punta en blanco y no paré de pedalear hasta la extenuación. Al rato, los guardianes del infierno, se cansaron y volvieron con sus amos, a los cuales también les mandé un par de recaditos, vía aire. Me costó bastante rato recuperar el aliento y el color de la cara.

Esto es normal en todos los perros que me he encontrado por el camino, de hecho, nos acompaño durante cuatro días una perra que hacía lo mismo con las vacas, coches, motos, bicis y todo lo que se moviera y supusiese un peligro (supuestamente) para nosotros.

Continué sin ninguno otro percance, con “el mejor amigo del hombre”, disfrutando de unas vistas espectaculares de las praderas, viendo como los pastores recogían el ganado con la paz que da el campo y rodando por una camino muy agradable de ciclar.
Ante mis ojos, poco a poco, fue apareciendo la silueta de un precioso lago, que quedaba unos cientos de metros más abajo. Bordeando el lago, un pequeño pueblo, con sus casitas preciosas que miraban al agua. No pude más que decir “no estaba equivocado, mi intuición me ha traído al lugar apropiado”. Bajé hasta el pueblo y en la cantina-bar pregunté donde podía dormir. Rápidamente escuche en español “no te preocupes, yo te llevo”. Era Iñigo, un viajero curtido con el que rápidamente encaje. Me guió a una bosque junto al lago, perfecto para pasar la noche. Mientras cenábamos, charlamos cada uno de nuestras vidas en una agradable velada. No quedó ahí la cosa, ya que por detrás resonaban truenos y resplandecía el horizonte por la llegada de una tormenta. Nos pusimos a trabajar, todo lo más rápido que pudimos, para montar la tienda de campaña y justo a tensar el último viento la tormenta descargo un golpe de agua impresionante. Sanos y salvos en la confortable tienda, continuamos nuestra conversación hasta que el cansancio pudo con nosotros.

Buen y feliz día. Para esto viajo a mi estilo.

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