Km día: 59,58 km
Tiempo día: 4h 27m
Velocidad media: 13,35 km/h
Velocidad máxima: 54,48 km/h
Recorrido: parto de Dmanisi hacia el Oeste por la carretera nº20, sin dejarla hasta la población Tzalka.
Salgo de la casa del georgiano que me alquiló su misma habitación. Esto no os lo dije ayer. Cuando alquilé la habitación, pensaba que iba a dormir solo, ¡pues no!, era el salón donde
estaba la TV y además de mi cama, estaba la del señor de la casa, que dormía solo. Su mujer y sus hijos no se donde dormían. Con la mujer tuve muy poco contacto, una sonrisa por la mañana, un cruce por el salón,..me supo un poco mal, porque preparó la cena y comimos los hombres solos sin las chicas.
Tras la correspondiente foto de grupo, con su cámara y el cruce de direcciones y teléfonos para una segunda visita (es muy probable que no vuelva a casi ningún país donde he ido de viaje), salgo con la promesa de 30km de asfalto y los demás kilómetros parece que más de lo mismo de lo que me ido encontrado por los caminos georgianos ¡veremos a ver!.
Otra vez tengo los dedos de las manos y los pies inflamados y seguramente es del alcohol, cuando vuelva a casa tengo pendiente revisión médica. Mira que le dije que no podía beber, pero insistió y me tuve que tomar ese chupito de aguardiente que aquí llaman Chacha. Por lo demás estaba fuerte y pedaleaba a buen ritmo.
Voy pasando por con mi bola roja, muy bien conjuntado con la gorra, alforjas, botella,
culotes por estos campos donde la gente está vestida de campo, con sus ropas sucias de trabajar y sus caras curtidas por paso del los inviernos duros por su piel. La carretera tiene un buen asfalto, como el del día anterior, hasta el km 17 ¿qué es lo que pasó con el asfalto? Estaban de obras renovando el firme y para ello la máquina había metido las uñas en el asfalto y había provocado olas de aglomerado roto. De pronto me vi surfeando por las carreteras perdidas de Georgia. No eran precisamente olas perfectas de Bali, así que tuve que poner mucha atención para no caerme y no terminar enterrado bajo una capa de alquitrán. Pasada la inexplicable obra, como dije ayer, están renovando una carretera comarcal y dejando que la maleza se coma una general, me vuelve ese placer que es rodar por asfalto, cuando estás ya muy cansado de piedra y más piedra el asfalto es como ir montado en el tren. Sabía que este gustazo para mi culo se terminaba a los 30km y así fue. Vuelta al traqueteo ya descrito múltiples veces en mis crónicas. Paso por varios pueblos, donde el ladrido de los perros me pone alerta y miro hacia donde procede el sonido para ver si viene una fiera a comerse mis gemelos (como hacía nuestra perra de los primeros días con las vacas). En días anteriores fui atacado varias veces por el mejor amigo del hombre y enemigo del ciclista, así que mi cabeza no paraba de buscar una solución para mantenerlos a raya. Los viajeros experimentados, llevan una vara larga para darles golpes y hay otro sistema electrónico que emite una ultrasonido que los ahuyenta. Casualmente, estaba pensando en el sistema ideal para mis próximos viajes y vi a un vaquero con un látigo, no el de Indiana Jones, sino un palo largo con una cuerda igual o un poco más larga que el palo, con un alcance de tres metros más o menos. El vaquero para meter las vacas en línea, lanzaba el látigo al aire y lo hacía chasquear. El sonido me encantó y me recordó a mi infancia, cuando nos montábamos en la barra trasera de los coches de caballos, sin que el cochero nos viera, y siempre uno de los amigos que no se montaba decía “látigo atrás” para que el cochero supiera que había un polizón que no pagaba peaje. El cochero con su látigo para fustigar a los caballos, lanzaba un latigazo hacia atrás, que si te pillaba te dejaba la marca una semana o más. Pues eso es lo que voy a hacer, un buen látigo con una cuerda de cuero y cuando aparezcan los cánidos corriendo por el horizonte, con las fauces deseando morder carne de ciclista, sacaré el látigo y con postura desafiante y chulesca, como Bruce Lee hacía, les diré con la manita, ¡venid!, me rozaré la nariz con el dedo gordo, daré un gritito de los suyos, volaré el látigo y les dejaré unas buenas marcas en los lomos, que se van a acordar semanas del ciclista vengador. Os lo juro que me voy a entrenar para esta fantasía que os estoy contando, pasé mucho miedo cuando me rodearon los tres perros gigantes. Además se tirar piedras con una honda, no se si con eso podré asustar a los osos. Lo malo es que tengo que ir cargado con unas cuantas piedras.
La ruta pasó de un camino ancho y en buen estado a ser una rodada de coche sobre la hierba, no muy bien definida. Una vez dejado por detrás el ultimo pueblo, tenía por delante un gran valle que giraba y bajaba perdiéndose en la distancia. Seguí por este incierto camino intuyendo que me estaba metiendo en una zona complicada, asilada y poco transitada por las habituales furgonetas. Tomé aire y comencé a bajar, muy concentrado para no perder el equilibrio, porque se estaba poniendo bastante complicado mantenerme encima de la bici. En dos ocasiones una de las alforjas traseras se soltó por los baches y presión que hacía la pendiente. Llegó un momento en el que el camino casi desparecía por la vegetación, discurriendo por lo más profundo del valle. En ese momento me acordé de mis amigos los osos, ya estaba avisado que por la zona habían visto osos. Paré un momento y metí en una bolsa las golosinas que tenía en el alforja para que no me oliera y fui bajando fijándome en las zonas de barro por si veía alguna huella de oso fresca. Realmente si me pasaba algo allí, nadie se iba a enterar de nada. Seguí bajando en silencio, todo lo más en silencio que pude y para mi tranquilidad este camino perdido desembocó en una carretera de asfalto en muy buen estado. Respiré con tranquilidad y seguí disfrutando del valle un poco más relajado.
Al fondo de este maravilloso asfalto salvador, apareció una central hidroeléctrica de la nada. Rodeando a esta instalación fantasma, que no aparecía en los planos, cubiertos por la vegetación sobresalían unos edificios habitados. ¿De qué viviría la gente de allí? ¿si no había nada de nada?, todo un misterio. Para salir del fondo ese valle solitario, como es lógico, tuve que apretar los dientes y subir un “maravilloso puerto” con unas “maravillosas piedras” que terminaron por destrozar mi moral y ganas de ciclar. En ese momento decidí que no tenía más ganas de sufrir, pasar calor, sudar y pedalear. Que.. ¡muy bonita Georgia! pero yo me iba a la capital para enviar la bici por correo y dedicarme a ver la ciudad unos días sin poner el culo en un sillín.
Coroné el puerto muy cansado, que ni me paraba con la gente que me preguntaba “¿de dónde eres?” (ya me aprendí como se decía “de donde”), puse la directa al pueblo Tzalka, bajando despreocupado por si le pasaba algo a la bici, y la segunda que pregunté encontré uno de los mejores hoteles en los que he estado. Buen baño, buen colchón, espacioso, cocina muy bien equipada, dueño muy amable que no me pidió el dinero nada más entrar y a 25 geles, barato.
En este hotel me quedé un día más descansando que no voy a relatar, porque me dediqué a descansar el cuerpo y escribir lo que tenía pendiente.
Rrríaa boooo!!
ResponderEliminarYo no tengo en mi currículo epidérmico ningún "lartigo atrá" así es como se dice realmente, un poco por cagueta y porque sabía que los cabrones de mis amigos iban a lanzar al aire las dos palabras mágicas y tonto no soy. El chasquido del látigo es muy fuerte y da mucho miedo
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